Venezuela y el complejo antiyanqui

No es difícil detectarlos. Dicen «ni Maduro ni Trump», compensan sus críticas a la dictadura venezolana alertando contra una invasión norteamericana y sostienen que Estados Unidos quiere apropiarse del dolor del pueblo de Venezuela. Son los mismos que piden «diálogo» cuando Maduro parece estar contra las cuerdas y que, cuando hablan de Cuba, compensan su toma de distancia con la sexagenaria satrapía mentando el «bloqueo».

Serían más respetables si se condujeran de igual forma frente a dictaduras de derecha, pero nunca lo hacen: recuerdo cómo se frotaban las manos en 1986 cuando el Frente Patriótico Manuel Rodríguez atentó contra Pinochet. Serían más coherentes si estuvieran en contra de toda intervención extranjera en países donde millones de personas padecen tormentos infligidos por el poder político, pero el principio de la intervención humanitaria o el más reciente, en el Derecho Internacional, de la «responsabilidad de proteger», les resultan progresistas cuando el afectado es un facha como Milosevic (la OTAN, sin permiso de la ONU, utilizó el argumento de la intervención humanitaria contra Serbia en 1999) o cuando el que agita la bandera intervencionista es un ganés como Kofi Annan, que, siendo secretario general de la ONU, recibió el Nobel de la Paz en 2001 porque desde los años noventa argumentaba que la violación de los derechos humanos justifica meterse en los asuntos de otro país; esa argumentación sentó las bases para que en 2005 la ONU adoptara la «responsabilidad de proteger», doctrina intervencionista donde las haya. En cambio, cualquier medida que tome alguien de derecha contra una dictadura de izquierda es una intromisión imperialista. Si Obama aplica sanciones a la dictadura venezolana -como hizo en 2015-, es un humanitario. Si las aplica Trump, es un prepotente que quiere engullir países latinoamericanos al estilo de William McKinley o Teddy Roosevelt.

Muchos países -después de mucha pasividad- intentan por fin ayudar a millones de venezolanos a sacarse de encima a una mafia que mata, encarcela, hace pasar hambre y enfermedades a todo un pueblo, y ha saqueado el Estado y provocado la estampida de tres millones de personas desde 2014, que se suman al millón que ya estaba afuera y triplican el número de kosovares desplazados por la limpieza étnica en su día (por cierto, no antes sino después de la intervención de la OTAN).

El problema de Venezuela no es Trump, a quien hay que criticarle bastantes barbaridades, varias de ellas frenadas por la sólida democracia estadounidense, pero no las medidas que ha tomado (lo ha hecho tardíamente, a mi juicio). Esas medidas apuntan a impedir que un Gobierno usurpador utilice el dinero del petróleo que le vende a Estados Unidos para sus propios fines y ponerlo a disposición del legítimo Gobierno interino de Juan Guaidó a fin de que pueda llevar a Venezuela la ayuda humanitaria que Maduro ha rechazado sistemáticamente. Trump ni siquiera ha impuesto un embargo petrolero contra Venezuela; las refinerías yanquis de la costa del Golfo que lo importan podrán seguir haciéndolo.

La intervención militar estadounidense es a estas alturas improbable. Si algo pretende Washington aumentando la presión contra Maduro es, precisamente, evitar esa intervención, de imprevisibles consecuencias en el plano militar, impopulares dentro de Estados Unidos y quizá contraproducentes en la región por el beso de la vida que darían al populismo latinoamericano, hoy moribundo. ¿Qué tal si, para evitar que se termine llegando a ese extremo, nos ocupamos todos, incluyendo los progresistas que repiten bobamente «ni Maduro ni Trump» como si el asunto medular fuera la política de Washington, de que los hampones chavistas caigan de una vez sin guardar equilibrios hipócritas?
Fuente: ABC
Venezuela y el complejo antiyanqui

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