La nación herida

La obsesión con el franquismo y la exhumación de los restos de Franco no es una anécdota oportunista, ni una operación de distracción, ni solo una maniobra para poder tildar a quienes se opongan de fascistas. Al margen de la insondable torpeza de una estrategia que ha despertado al durmiente franquismo, ha aumentado las visitas al Valle de los Caídos y no ha previsto la posibilidad de que los restos acaben en la Catedral de la Almudena, en el centro de la Villa y al lado del Palacio Real. Esta obtusa obsesión forma parte de un proyecto político, iniciado en el gobierno Zapatero: la ruptura de la concordia y la muerte de la Transición. En definitiva, la eclosión de un nuevo Frente Popular, alianza de comunistas, socialistas extraviados y separatistas, que conduzca a la exclusión de media España y a la ruptura del orden constitucional. Como las convicciones y la coherencia ideológica, aunque fueran equivocadas, no parecen ser el fuerte del presidente del Gobierno, no cabría descartar, si así le conviniere a la continuidad de su domicilio en La Moncloa, una alianza de otro tipo, acaso menos nociva para España. Pero hoy, el modelo es el Frente Popular.

La Ley de Memoria Histórica es una pieza ideológica fundamental para este proyecto destructivo de la Nación. Es curioso que no se pueda exaltar (concepto jurídico bastante poroso e impreciso) a Franco, pero sí al comunismo o a la ETA. Se trata de manipular la historia reciente de España: la República, el Frente Popular, la guerra civil y el franquismo. Pues una cosa es el natural debate historiográfico, y otra la profusión de la mentira y de la ideología. La cosa es tan burda como simple. Basta con alterar la naturaleza del conflicto y de los contendientes. Ya no se trata de una terrible tragedia entre dos partes de España enfrentadas, con sus razones y sinrazones, con sus heroísmos y sus crímenes. Ya no se trata de dos partes que se perdonan, reconcilian y abrazan. Paz, piedad, perdón. No. Ahora vuelve la patraña histórica de buenos y malos. Sólo que los que antes de la reconciliación eran buenos, ahora son malos, y los que antes eran malos ahora son buenos. Vuelve así la guerra civil, para que ganen hoy los que ayer perdieron. Para que perdamos todos. De lo que se trata es de manipular la realidad e interpretar la guerra civil como el resultado de un golpe de Estado fascista contra una democracia legítima. Se pretende asemejar a Franco con Hitler, lo que es rotundamente falso, a la vez que sobre Stalin cae un ominoso silencio. Como sobre la persecución a los católicos, el fraude electoral que lleva al poder al Frente Popular, los asesinatos de dirigentes de la oposición de derechas,… Todo esto es, al parecer, lo natural en toda democracia decente. Ciertamente, si nos remontamos algo más atrás, también hay que censurar la irresponsabilidad de unas clases dirigentes, no todos sus miembros, que permitieron la ignorancia y la miseria de buena parte del pueblo español. Julián Marías decantó algo que no gusta ni a unos ni a otros, pero sí a quienes no queremos ser ni unos ni otros, aunque podamos estar más cerca de unos que de otros: los injustamente vencedores y los justamente vencidos. Esto sí que es memoria histórica. Los nuevos frentepopulistas quieren partir la frase y dejarla reducida a lo primero. No les gusta verse designados como «los justamente vencidos». Un comunista maniqueo no puede aceptar la concordia entre los «buenos» y los «malos». Tampoco un fascista maniqueo. Ahora, algunos neocomunistas de corte y confección o de asamblea de facultad decadente pretende enmendar la plana hasta al mismo Carrillo. Por no hablar de los comunistas que padecieron la cárcel, no como ellos, y que abrazaron la reconciliación, tampoco como ellos. De una guerra civil no puede nacer la legitimidad, porque surge siempre una nación dividida. La reconciliación, que ahora nos quieren robar, vino luego, con la Transición. Tuvo errores. Claro. Algunos muy graves. Sí. Pero tuvo el mayor acierto moral, más aún que político: recuperar la legitimidad y la concordia. La verdadera unidad nacional.

El caso de Ortega y Gasset es uno más, pero más que sintomático. El exilio de Ortega. Exilio, ¿de quién? De la España del Frente Popular que amenazaba su vida y le obligaba a firmar manifiestos bajo coacción, no de Franco que no había llegado a Madrid. Léase el libro de su hijo Miguel, Ortega y Gasset, mi padre. Y la soledad argentina, con la casi sola compañía del tradicionalista argentino Máximo Etchecopar, porque el exilio republicano en general le despreciaba, como le despreciaba la mayoría de la España oficial franquista. Y Marañón y Unamuno, y tantos otros. Entre las cosas que hizo mal Franco no se encuentra el haber librado a España del totalitarismo comunista.

España padece hoy, al menos, dos fracturas. Una es la amenaza separatista que hoy capitanea el catalanismo y que ha intentado un golpe de Estado, pero al que pueden seguir el País Vasco, Navarra, Galicia, Valencia, Baleares,… Es el más visible, pero no es el problema mayor porque es político y, por tanto, superficial. Si sólo se tratara de romper España y de que todo lo demás siguiera igual, sería grave, pero no mortal. La mayor amenaza para España no es la disgregación territorial sino el extravío moral. El separatismo es sólo consecuencia de ella. Los que odian a España no odian el estereotipo, ni la charanga y pandereta, sino la misión histórica de España y lo que la alentó, que se puede resumir en dos palabras: Reconquista y América. Y, por ello, una tercera: cristianismo. España no es una anomalía. ¿No han sufrido guerras civiles Francia, Alemania, Italia, Estados Unidos,…? Quieren desenterrar a Franco, pero a quien deberían desenterrar, para darle vida e imitarlo, es a Julián Besteiro, socialista ejemplar, español ejemplar, hombre ejemplar. Cualquier comparación con el socialismo español dominante hoy no es odiosa; es imposible. ¿Se imaginan a Besteiro como ministro del Gobierno actual?

En su Política, Aristóteles considera que la amistad es el mayor bien de las ciudades, puesto que puede ser el mejor remedio contra las sediciones. Y Sócrates ya había pensado que la unidad es obra de la amistad. Dios une y el diablo separa. La nación está herida. La herida de España es la obra de la discordia, en definitiva, del odio. Y sin concordia no hay nación, ni libertad, ni legitimidad, ni justicia.

Ignacio Sánchez Cámara es catedrático de Filosofía del Derecho
Fuente: ABC
La nación herida

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