El proceso

Va a ser el proceso del siglo, al menos en España, y no les digo nada, en Cataluña. El proceso sobre el procés secesionista catalán. Esperemos que no termine como «El Proceso» de Kafka, que no termina nunca, aunque hay la posibilidad de que ocurra. Ya el número de testigos asusta: 500, de todos los rangos, sexos, edades y filiaciones políticas. Periodistas, todos, pues todos lo cubriremos de una forma u otra. En cuanto al público, el pleno también; le guste o no, pues se lo encontrará hasta en la sopa. Aunque a medida que pasen las semanas y meses, oyendo siempre las mismas acusaciones, argumentos, prédicas, el interés ira decayendo hasta convertirse en rutina diaria. No, desde luego, entre los implicados y sus seguidores, cuya inquietud, impaciencia, rabia, ira no harán más que crecer a medida que comprueben que las cosas, los hechos, la realidad, no se mueven de su sitio.

Pues lo que se trata de dilucidar es algo muy simple, muy claro: si la declaración de una república catalana por parte del Parlament catalán, retirada a las pocas horas, fue un golpe de Estado o no. Si estaba amparado en el derecho de los pueblos a la libre determinación o no. Si se trataba de un simple gesto o de un alzamiento en toda la regla. Para quienes vivimos aquellos acontecimientos en directo, la cosa no tiene duda: bastaba ver la euforia con que los vivieron, los abrazos que se daban, la alegría con que cantaban el himno de la liberación, para darse cuenta de que iban de veras, de que no era un show. Hoy, sin embargo, para ellos y, sobre todo, para sus defensores, fue un mero acto político, como lo es un discurso parlamentario o un mitin electoral. Habiendo empezado ya la manipulación de los hechos. Por ejemplo, decir que los dos Jordis, con megáfonos, sobre un coche desvencijado de la Guardia Civil, intentaban apaciguar a la multitud que asediaba la delegación de Hacienda en Barcelona, donde la Policía judicial recogía, por orden de un juez, pruebas incriminatorias de delitos. Ni sus palabras ni gestos me dieron esa impresión. Pero es el tribunal quien tiene que decirlo.

Va a combatirse en todos los frentes, con todas las armas, mañas y artimañas. La primera de ellas, que los acusados estaban dispuesto a «negociar». ¿Cómo se puede negociar con alguien que exige de antemano que se le dé lo que busca, que está dispuesto a alcanzarlo saltándose todas la normas legales y principios constitucionales, incluido su propio estatuto, que quiere la autodeterminación «sí o sí»? Eso no es dialogar, es imponer, intimidar, aplastar, no admitido en ningún estado de derecho. No hace falta decir que el tribunal debe de tener exquisito cuidado con cuanto dice y hace. Tienen enfrente gentes que no respetan otra ley que su voluntad. Hay quien alega que «creían que el Gobierno español cedería». Los falsos cálculos, como la ignorancia del delito, no eximen del mismo, como saben muy bien los magistrados del Supremo. Y los acusados.
Fuente: ABC
El proceso

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